La puerta
No tuve más remedio que abrir la puerta cuando escuché que tocaban. Era el mismo modo en que él lo hacía siempre, uno dos Uno, como quien pide auxilio en clave morse.
Nunca he sabido ni ostias de la clave morse, pero su manera de tocar a mi puerta siempre me pareció una llamada de auxilio en clave morse. Y era él quien ahora volvía a tocar, estoy segura. Nadie más lo hacía de ese modo. Solo él.
Tuve miedo de abrir, porque acababa de poner una flor, de esas que nacen en las cunetas de la calle, junto a las alcantarillas por donde se deslizan las ratas silenciosas, sobre el ataúd de madera barata que pudimos comprar para él. ¿Cómo podía estar, entonces, frente a mi puerta?
Abrí y un puñetazo en mi nariz no se hizo esperar.
Bien. Muy bien, Yorda.
ResponderBorrar