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Santificarás las fiestas

      Ningún trabajo de ciervo haréis, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová. Levítico 23-25         Esta es una ciudad alcohólica. Está en coma… ¡ño!, qué risa te da. Ahora es mejor que todo te provoque risa, pero bajito, no sea que alguien se percate de tu alegría. La gente de esta ciudad no debe enterarse de la alegría del otro. Enseguida se ponen a averiguar los motivos siniestros que provocan esa alegría individual. La alegría debe ser colectiva. Igual al coma. Por eso es común encontrar tumultos alegres, alrededor de pequeñas naves cósmicas que contienen líquido para hacer volar unos 100 metros hacia arriba, casi cerca de las nubes; pero volar no es asunto de líquidos y el aterrizaje resulta forzoso, sin previo aviso. Los entusiastas, entonces, van de cabeza contra el primero o la primera que esté tan volador como él, o no lo esté. Da igual. Lo importante es demostrar la frustración por lo corto del viaje. Pero para ...

La puerta

   No tuve más remedio que abrir la puerta cuando escuché que tocaban. Era el mismo modo en que él lo hacía siempre, uno dos Uno, como quien pide auxilio en clave morse.    Nunca he sabido ni ostias de la clave morse, pero su manera de tocar a mi puerta siempre me pareció una llamada de auxilio en clave morse. Y era él quien ahora volvía a tocar, estoy segura. Nadie más lo hacía de ese modo. Solo él.   Tuve miedo de abrir, porque acababa de poner una flor, de esas que nacen en las cunetas de la calle, junto a las alcantarillas por donde se deslizan las ratas silenciosas, sobre el ataúd de madera barata que pudimos comprar para él. ¿Cómo podía estar, entonces, frente a mi puerta?   Abrí y un puñetazo en mi nariz no se hizo esperar.